Supongo que mi cabeza no sabe estarse quieta. Siempre está buscando historias en lugares donde aparentemente ya no quedan historias. Y hace tiempo empecé a pensar en algo que no conseguía quitarme de encima:
cómo, aunque pasen los siglos, las personas seguimos moviéndonos por las mismas cosas.
El miedo. La necesidad de volver a casa. La culpa. La supervivencia. La esperanza de encontrar algo al otro lado del viaje.
Siempre me han atraído los mitos, los clásicos y los héroes de la antigüedad. Quizá porque crecimos leyendo historias donde los hombres cruzaban mares imposibles, luchaban contra monstruos y sobrevivían a guerras que parecían eternas.
Y, sin embargo, pensé algo.
Tal vez esa épica no ha desaparecido. Tal vez simplemente ha cambiado de forma.
Hoy también existen personas que cruzan mares. Personas que arriesgan la vida. Personas que cargan con guerras, pérdidas, secretos y cicatrices invisibles. Héroes que no salen en los poemas antiguos, pero que siguen sosteniendo el mundo de maneras silenciosas.
Y entonces me pregunté:
¿cómo sería la Odisea de Homero en 2026?
De esa pregunta nació esta novela.
Una historia de cargueros, fronteras, violencia, Mediterráneo, hombres rotos, tormentas y lugares que cambian a quien los atraviesa.
Una historia sobre el viaje. Y sobre lo que uno pierde mientras intenta llegar.
Por lo pronto, os dejo con esto. Un pequeño adelanto de lo que os espera.
Martín miró el Bósforo durante un tiempo.
Pensó en Ítaca.
No de manera literaria, no como referencia sino como geografía, el lugar al que Odiseo había estado diez años intentando llegar desde Troya con todo lo que esos diez años habían contenido y que cuando llegó ya no era el mismo hombre que había salido, pero que el lugar seguía siendo el lugar y que el lugar reconocía al hombre aunque el hombre fuera diferente del hombre que había partido.
Valencia no era Ítaca. Pero era el punto de partida y los puntos de partida tienen la calidad de los lugares que uno lleva consigo independientemente de la distancia porque el punto de partida define la dirección aunque uno haya cambiado de dirección desde entonces.
El vuelo salió de Estambul a las ocho de la mañana con el sol todavía bajo sobre el Bósforo.
Martín estaba en el asiento de ventanilla del TK1853 y vio el estrecho desde el aire por primera vez, la geometría que desde el nivel del mar no existe pero que desde cuatro mil metros de altura revela lo que el Bósforo es en realidad: una fractura en la tierra entre dos masas continentales, una línea de agua trazada con la precisión de las cosas que la geología produce sin intención y que los siglos convierten en frontera y en camino y en el lugar donde las ciudades se construyen porque las ciudades se construyen donde el agua y la tierra se encuentran de maneras que los hombres pueden usar.
Estambul desde el aire era la ciudad que no se veía desde dentro porque desde dentro era demasiado para ser vista de una vez.
Las dos orillas con sus colinas y sus edificios y sus minaretes que desde arriba eran puntos blancos sobre el tejido marrón y verde de la ciudad construida durante dos mil años sobre sí misma. El Mar de Mármara al sur con el azul que a esa altura era el azul de todos los mares del Mediterráneo visto desde suficiente altura, el azul que no distingue entre el Egeo y el Mediterráneo occidental y el Mar de Mármara porque desde suficiente altura el agua es el agua y las fronteras que los hombres han trazado sobre ella no existen.
El avión cruzó el Mediterráneo con la velocidad de los aviones que hacen en dos horas lo que los barcos hacen en días y que por eso el Mediterráneo desde el avión es una abstracción y no el mar que es cuando se está en él, el mar que tiene el olor y el movimiento y el peso del agua y la sal en la ropa y el sonido de las olas contra el casco que ninguna ventanilla de avión puede reproducir.
Pensó en Ítaca. Odiseo había tardado diez años en llegar porque los diez años eran lo que el camino requería y no lo que Odiseo había planeado, que era la condición de los caminos que importan, que requieren lo que requieren independientemente de lo que quien los recorre había planeado. Un mes en lugar de diez años. El Mediterráneo en lugar del Egeo homérico. Pero la misma estructura: el hombre que parte con algo que tiene que llevar a algún lugar y que cuando llega ya no es el mismo hombre que partió aunque el lugar sea el mismo lugar de inicio y el documento de identidad diga el mismo nombre.
Pronto estará en vuestras manos. Y espero que os cueste tanto soltarla como a mí me costó terminarla.
¿Te falta alguna de mis novelas por leer? Puede que la próxima que empieces sea exactamente la que estabas buscando sin saberlo.


