Illa Pancha
Donde la luz aprende a recordar
Hay lugares donde la mirada se detiene y parece que el mundo, por fin, se toma un respiro. Sitios donde el viento y el agua no sólo erosionan la roca, sino que escriben historias más antiguas que cualquier libro. Illa Pancha, ese pequeño islote frente a Ribadeo, es uno de ellos. Es una hectárea de tierra escarpada que se alza justo donde la ría del Eo abraza al Cantábrico, recordándonos que, a veces, el paisaje no es más que poesía que se puede tocar.
Allí conviven dos centinelas. El faro viejo (1857), de planta cuadrada y alma de piedra, se encendió para guiar a quienes buscaban refugio de los temporales de esta costa indómita. El moderno (1983), con su torre cilíndrica en blanco y negro, proyecta hoy su luz más allá de lo visible, marcando esa frontera invisible entre la certeza de la tierra y la promesa del horizonte.
La metáfora del faro
Un faro es un punto fijo en medio del movimiento; una luz que tranquiliza a quienes regresan e invita a contemplar la dualidad entre la sombra y el brillo. En Morriña, esa nostalgia que duele en los huesos aparece como un oleaje persistente. Pensar en ese antiguo faro, latente y silencioso, es pensar en la memoria misma: algo que siempre está listo para iluminar de nuevo cuando el olvido amenaza con cubrirlo todo.
Y en Orballo, donde la lluvia no es solo agua sino una forma de sentir, Illa Pancha es el escenario donde la llovizna y el mar dialogan. El aire cargado de salitre y la espuma de las olas nos recuerdan que las grandes historias no solo ocurren en los libros: suceden en los lugares donde la naturaleza decide escribir en voz alta.
El paisaje como poema
Desde la pasarela que une la isla al continente, el tiempo parece detenerse. En junio, el color lila de las “uñas de gato” tiñe las rocas, mientras las aves migratorias descansan en las orillas como si supieran secretos que a nosotros nos están vedados.
En los días de temporal, cuando el viento levanta olas que golpean con furia, Illa Pancha deja de ser un lugar geográfico para convertirse en un poema en movimiento. Es una escena que pertenece a mis páginas, un pasaje donde los personajes —como nosotros mismos— deben enfrentarse a su propio oleaje interior.
Un santuario para la escritura
El faro es, ante todo, memoria. Fue guía, cobijo para torreros y hoy es un santuario para quienes buscan dormir frente al rugido del mar. Bajo esa luz intermitente es donde quiero dejarte hoy, lector.
Porque Illa Pancha no es solo un destino; es ese espacio poético donde todo aquel que busca la verdad reconoce su propio anhelo de claridad en medio de la incertidumbre. Allí, entre la tierra y el infinito azul, se encuentran la nostalgia y la esperanza: esa lluvia fina que llamamos orballo y ese latido profundo que, en el norte, solo sabemos llamar morriña.
Confesión
Este lugar es mucho más que un faro para mi, es un refugio y una fuente de inspiración, cuando necesito paz o encontrarme conmigo mismo no dudo en acudir allí, sentarme y simplemente respirar viendo lo impresionante de su paisaje.
Ahí ha nacido la inspiración para mis novelas Morriña, Orballo y la próxima en ser publicada, Marusía (más abajo podéis ver su portada).






Ooooohhh hace mucho que no te leía, qué gusto volver a ver un artículo tuyo